El día del libro en la 190: cuando leer deja de ser una fecha y se vuelve costumbre

El 26 de mayo celebramos el Día del Libro en la Escuela 190 de Pajas Blancas. Para contar lo que vivimos ese día, dejamos que hablen dos personas que estuvieron ahí y compartieron la jornada con las niñas y los niños: Fiorella y Narda, que integran la comunidad lectora de la biblioteca solidaria que de lunes a viernes visita la escuela para leer libros a las niñas y los niños del jardín y de la escuela.
Lo que ellas cuentan va mucho más allá de una fecha en el calendario. Es la prueba de algo que viene creciendo hace años en la 190: el encuentro con los libros ya es parte de la identidad de la escuela.
«Fue una fiesta»
Fiorella lo dice así, sin vueltas: para ella fue una fiesta. A las nueve de la mañana abrió la biblioteca junto con Soledad para recibir a las niñas y los niños de Nivel 3 del jardín. Prepararon el espacio con colchonetas, una carpeta, mesitas, banquitos y libros por todos lados.
Antes de entrar, les recordaron las normas de cuidado y convivencia del espacio —era la primera vez que estaban en la biblioteca de la escuela, fuera del jardín—. Después entraron y fueron cuarenta minutos de disfrute total. «Tenían esa necesidad de conocer y tuvieron la posibilidad de acceder a la colección y ver libros distintos», cuenta Fiorella: libros con mucho texto, con poco texto, álbumes, libros de cartoné.
Al final eligieron juntos ¡Fuera de aquí, horrible monstruo verde!, hicieron un juego para bajar un poquito las emociones y después compartieron la lectura. «Funcionó, salió precioso», resume ella.


La escuela entera, de colores
Cuando terminaron de ordenar, se sumaron a la actividad general que ya estaba empezando. Las compañeras de la biblioteca que estaban desde temprano —Jacqueline, Sandra, Raquel— habían armado todo junto con el equipo docente. Narda llegó en ese momento y se encontró con la sala llena de colores: el director dio la bienvenida y las niñas y los niños estaban felices, sentados, esperando. Se respiraba una energía especial en toda la escuela.
Se pasó un cortometraje que el equipo docente había acordado. Narda se fijó en algo mientras lo veían: se sentía un murmullo, pero si los mirabas estaban todos prendidos de una historia que no tenía palabras. «Ese murmullo era de estar metidos en la historia y comentando lo que iba pasando», dice. No era distracción: era estar adentro del cuento.
Después llegaron las propuestas de las maestras y los maestros. Bailes, rimas, poesía. Los de sexto crearon un libro de terror, una historia fantástica armada por ellos, tan acorde a lo que son —un grupo de casi adolescentes con sus gustos y su energía—. Las demás clases también mostraron lo que viven en su etapa: música, juego, alegría.
Mariel y Soledad coordinaron la jornada. Las dos tienen esa doble función de ser docentes y a la vez parte del equipo de biblioteca, y a Narda le pareció clave que las propuestas de los maestros iban en sintonía con lo que viene proponiendo el equipo.
También hubo trueque literario —mucha gente trajo libros para compartir e intercambiar—, ex alumnos de la escuela que compartieron sus vivencias, y para cerrar, círculos chicos de lectura en los que participaron los integrantes del Equipo junto con las niñas y los niños.



Un barrio con su historia de fantasmas
Una de las cosas más lindas fue el libro que inventaron entre todos sobre el hotel de Pajas Blancas. No saben si hay de verdad una historia de fantasmas en el hotel, pero la inventaron —porque todo barrio que se precie tiene que tener la suya—. Vienen leyendo a Ganduglia con sus historias mágicas de Montevideo y algo de eso prendió. También hubo poesía, y Narda se emocionó al escuchar una que ella recordaba de hacía muchos años. No es que en la escuela no se comparta poesía: se dice, se prepara y se comparte poesía desde hace rato. Pero esa en particular, con su tiempo, la trajo de vuelta como una actualización de la memoria. Y ver a los gurises diciéndola fue emocionante.
Nada fue cartonado ni demasiado formal. No hubo discurso de fecha. Más bien fue: «Vamos a encontrarnos porque hoy vamos a cantar sobre un país de maravillas donde habitan dragones, pero también hadas. Vamos a mostrarles un libro que inventamos entre todos.»
Para que se den una idea: cerca de 300 gurises durante casi dos horas, y el interés no cayó en ningún momento. El acercamiento a los libros fue natural: las niñas y los niños se arrimaban a un libro o a alguien que les importa para que les lea, sin que nadie les dijera cuál elegir. «Es como muy naturalizado, hay como un fluir muy natural», dice Narda.


Esto viene de lejos
Narda lo piensa así: en la 190 el vínculo con la lectura viene de años, desde mucho antes de que se constituyera la biblioteca solidaria. Hubo etapas más humildes, con menos recursos, con altibajos, pero la experiencia se sostuvo como se pudo. Lo del 26 de mayo no fue casualidad. «Lo que aparece como alegría espontánea es porque de verdad hubo un sembrar anterior.»
Fiorella se tuvo que ir antes porque tenía que ir a trabajar, pero cuando llegó a su casa, su hija le dijo que había sido uno de los mejores días de su vida en la escuela. Para Fiorella eso es lo importante: cuando se comparten este tipo de instancias, la educación se vuelve más rica. Se aprende desde el disfrute y el juego, con entusiasmo y mucho amor. Y las niñas y los niños lo reciben justo así: con alegría, porque cuando se juega aprenden distinto.
Narda cierra con una frase que lo dice todo: «Vamos bien rumbeados.» La lectura en la escuela no es una fecha, es una costumbre. Y vamos por más, con más encuentros.
La comunidad lectora de la biblioteca solidaria de la Escuela 190 está formada por un equipo que trabaja de lunes a viernes, leyendo libros a las niñas y los niños del jardín y de la escuela. Lo que vivimos el 26 de mayo no fue un día aislado: fue la cosecha de un sembrar que lleva años, y que sigue creciendo.